Pero aun así, mi cuerpo seguía enviándome señales: cansancio, malestar digestivo, inflamación y una sensación constante de no terminar de encontrar el equilibrio.
Ese camino me llevó a entender la alimentación de una forma mucho más profunda y transformó también mi manera de acompañar a otras personas.
Durante años conviví también con la fibromialgia y sé lo que es sentir que el cuerpo vive agotado, inflamado o sin energía suficiente para sostener el ritmo del día a día.
Cambiar mi forma de alimentarme no hizo que todo desapareciera de un día para otro, pero sí transformó profundamente cómo me sentía, mi energía y la manera de habitar mi cuerpo.
Y eso cambió también mi forma de entender la alimentación y el acompañamiento.
Con el tiempo entendí que muchas personas hacen un esfuerzo enorme por “comer bien” y aun así siguen sintiéndose mal, confundidas o agotadas con la comida.
Hoy acompaño a personas que sienten que la comida se ha convertido en una fuente de malestar, dudas o agotamiento, y necesitan volver a entender qué les ayuda de verdad.
Sin dietas estrictas, sin perfección y sin vivir la alimentación desde la culpa.
Mi trabajo une alimentación energética, cocina práctica y acompañamiento real para ayudar a integrar cambios que puedan sostenerse en la vida cotidiana.
Creo profundamente que la alimentación puede convertirse en una forma de cuidado y no en una lucha constante con el cuerpo.
Y desde ahí nace todo lo que comparto hoy.